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domingo, 5 de julio de 2009

Correa es más pragmático que Evo en la economía


Evo, siendo o apareciendo como mucho más ideologizado de lo que es, también es un político muy pragmático, que ha resuelto muchas cosas sin estar directamente pegado a sus valores y a sus ideas, sino para apaciguar los conflictos, como el último Código Electoral. En cambio, Correa es mucho más apasionado, no da el brazo a torcer… Si a ratos es mucho más pragmático en términos económicos, no lo es en términos políticos”

Las reformas políticas en Ecuador avanzan a paso firme, sin oposición. Ello tiene una explicación: la popularidad del presidente Rafael Correa Delgado, aliado del bloque andino de “izquierda” que integran sus homólogos Hugo Chávez Frías, de Venezuela, y Evo Morales Ayma, de Bolivia. Pero, ¿cuál es el secreto que explica su arrastre? ¿Qué lo iguala y lo diferencia de Evo? El sociólogo boliviano Franklin Ramírez Gallegos, quien radica en la capital ecuatoriana, Quito, es parte de la reconocida Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y participó en el seminario Las reformas del Estado en los países andino amazónicos: Poderes, territorios, sociedades, auspiciado por el Programa de Investigación Estratégica de Bolivia (PIEB), habló con Domingo de estas y otras interrogantes que rodean al “fenómeno Correa”.

—¿Cómo hay que entender al proceso político liderado por Rafael Correa?

—Es de cambios políticos acelerados. Desde que llegó al poder, cambió la composición del sistema político: los partidos que dominaron la escena desde el retorno de la democracia en los años 80 están desaparecidos o debilitados. El oficialista Alianza País ganó seis elecciones seguidas, tuvo mayoría en la Asamblea Constituyente y va a ser un bloque de mayoría congresal, y el Presidente tiene un índice de popularidad cercano al 60 por ciento. Además hubo un recambio generacional: ingresó gente joven (al Gobierno) y la clase media que estaba lejos del Estado ha vuelto.

Aparte, hay un cambio en las políticas públicas. Correa ha puesto en juego un modelo neo…, digamos, desarrollista porque hay un fuerte llamado a la planificación estatal, tanto en términos de desarrollo como en la regulación de la economía y finanzas y de la redistribución de la riqueza. Hay una agenda postneoliberal que no se cierra a la globalización pero que establece condiciones más estratégicas e inteligentes para insertarse en un mercado.

Otro asunto es la Asamblea Constituyente que modificó la estructura estatal. Pasamos de tres a cinco poderes: Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Electoral y de Control y Fiscalización; se ampliaron los derechos sociales; se reconoció el voto a emigrantes, a extranjeros, a reos sin sentencia, a policías, a menores de 18 años, es decir, se amplió la comunidad política. Fue un proceso vertiginoso. Aquí en Bolivia, en cambio, la aprobación de la Constitución fue muy negociada porque se le fueron los plazos.

—¿Cómo se puede definir ideológicamente a este proceso político?

—Es como otros que se dan en el resto de América Latina. Hay fuerzas progresistas que vienen de la izquierda, que han surgido en el campo de los movimientos sociales; aunque Correa no viene de éstos, él es economista, estudió en Estado Unidos y en Bélgica, ha sido profesor universitario y se radicalizó en los últimos años en el marco de los desaciertos del neoliberalismo. En sí, capitaliza el descontento de las clases medias bajas, de los emigrantes, contra un modelo de desarrollo que no funcionó después de 15 años de implementación. Por ello, creo, el ecuatoriano se puede definir como un proceso político postneoliberal, donde ciertos ideales de las izquierdas a nivel global están en juego: la igualdad, la equidad y la participación social en el marco de un modelo donde el Estado retorna luego de que fue destrozado. Algo que es más comparable con otros países es que la velocidad del proceso ha supuesto, primero, una dinámica de confrontación fuerte con ciertos sectores políticos, y es un estilo que no gusta a la opinión pública porque es percibido como confrontador, beligerante; y además que en ciertas coyunturas críticas, como la convocatoria a la Asamblea Constituyente, se tomaron decisiones que no estaban pegadas al derecho.

—¿Cuáles son los riesgos con un Presidente con tanto poder político?

—Las constituciones ecuatorianas siempre han sido constitucionalistas, y la última no se desvía de esa trayectoria, pero introduce un par de cuestiones interesantes. Una es la revocatoria del mandato, y me parece que Ecuador no es una sociedad que pueda tolerar fácilmente un exceso de autoritarismo ya que ha destituido tres presidentes. Y está el mecanismo que se denomina “muerte cruzada”, cuando el Legislativo y el Ejecutivo se pueden destituir mutuamente bajo determinadas condiciones. Entonces, hay ciertos mecanismos institucionales que podrían regular estos procesos. Pero lo más preocupante es que el movimiento oficialista no termina de construirse. Los contrapesos son entre poderes; sin embargo, Alianza País no termina de cuajar como un órgano con vida propia, con dirigentes, y eso obstaculiza un contrapeso interno a la fuerza de Correa. Aparte, la sociedad ecuatoriana no está polarizada, y hay ciertos sectores con los que Correa confronta mucho: la derecha, los grupos de poder tradicionales, los medios de comunicación… creo que hay demasiado unidimensionalismo entre partes, y eso puede ser muy peligroso para las libertades democráticas y para que la sociedad esté bien informada.

No pondría una alerta roja para decir que Correa tiene todo el poder, va a tener menos que el que tuvo en el anterior Poder Legislativo y, por otra parte, su movimiento accedió al 30 por ciento de los municipios, en el marco de un proceso de descentralización que Correa impulsa con fuerza. O sea, a este nivel también van a haber contrapesos, pero hay que tomar en cuenta que en este país hay un movimiento joven que tiene dos años de vigencia con Correa, no es como en Bolivia, donde el Movimiento Al Socialismo (MAS) ya existía siete u ocho años antes de la elección de Evo Morales.

—¿Por qué la oposición no tiene incidencia en Ecuador?

—No logra articular un discurso de carácter ideológico y programático claro. Lo que ha hecho la oposición de derecha es, por un lado, replegarse hacia lo local, como el caso del alcalde de Guayaquil, Jaime Nebot Saadi (Partido Social Cristiano), desde donde defiende su modelo autonómico. Por otro lado, en las elecciones de abril hubo una especie de pacto tácito de la oposición para apoyar al ex presidente destituido Lucio Gutiérrez Borbúa, quien tuvo una votación nada desdeñable del 28 por ciento. Pero fue una alianza circunstancial, y Gutiérrez es una figura complicada que fue utilizada por la oligarquía en varias ocasiones. Aunque en el próximo periodo legislativo hay asambleístas de la oposición que tienen mucha experiencia y van a poder hacer una confrontación un poco más ideológica, aislada tal vez, al Gobierno. En ese aspecto, Correa va a tener un par de años de tranquilidad, pero lo más complicado para él son los efectos de la crisis global, porque su modelo reposa mucho en los precios del petróleo del mercado internacional, que están en descenso. Eso puede complicar su gobernabilidad.

—¿Y qué hay con el papel de los indígenas en el mandato de Correa?

—Las organizaciones indígenas tienen una relación muy tensa y conflictiva con el Gobierno, sobre todo con Correa, lo cual es otra diferencia con el caso boliviano. Es que, desde el inicio de su candidatura, Alianza País se acercó al movimiento indígena para ofrecerle que ponga el candidato a Vicepresidente, pero no aceptó y esa decisión marcó un distanciamiento entre ambos sectores. Aparte, este movimiento está debilitado; a pesar de ser el más importante, ya no tiene el prestigio que tuvo en los años 90. Una parte de sus organizaciones apoya a Correa, otra a Lucio Gutiérrez, y el Movimiento Pachacútec ya no posee toda la capacidad de dirección del movimiento. Y lo que lo debilita como actor político es que el Gobierno ha hecho una lectura errónea de esto y lo cataloga como un actor sin peso, por lo cual no ha generado relaciones de diálogo. Por eso, el movimiento indígena se siente maltratado por Correa y hay una tensión fuerte. Pero en junio hubo un intento de reacercamiento, Correa dijo: compartimos el 80 por ciento de la agenda indígena y no veo por qué por el restante 20 por ciento tengamos que ser enemigos.

—¿Cuáles son otras diferencias y similitudes de los procesos políticos ecuatoriano y boliviano?

—Una similitud tiene que ver con el recambio de la clase política, con el debilitamiento de los partidos que gobernaron en Bolivia, lo que se reconoce como “democracia pactada”; igual sucede con el caso ecuatoriano.

Un segundo elemento tiene que ver con la reforma constitucional, y hay diferencias en ese sentido, aunque evidentemente existe una voluntad de refundar la comunidad política bajo otros principios, valores e instituciones, y eso es algo que nos acerca mucho. Igual en las dos nuevas constituciones políticas, hay fuerte énfasis en la descentralización, los poderes locales y todo esto en los ámbitos de la plurinacionalidad y la cuestión indígena. Esto es mucho más fuerte en Bolivia que en Ecuador.

En ambos modelos de desarrollo hay un retorno del Estado. Y en Ecuador, este retorno es un poco más complejo, porque no ha nacionalizado nada, a diferencia de Bolivia y Venezuela. Lo que hizo Correa es cambiar los términos de los contratos de nacionalización de los hidrocarburos para que el Estado tenga mayor margen de maniobra y control técnico y político sobre las operaciones, y mayor margen de ganancia sobre la explotación. Y en este tema hay componentes que se acercan al caso boliviano, como que la izquierda le reclama a Correa que es hora de nacionalizar; pero él es más pragmático y conoce mejor el asunto; claro, estudió en Chicago y conoce más de cerca el mercado internacional. Su relación con la inversión extranjera, con la globalización, con las empresas transnacionales es buena, pero bajo sus condiciones. No brinda un no tajante, no es como el nacionalismo encerrado.

Ambos procesos son también comparables en relación a cómo funciona la oposición. Cómo ciertos sectores de la derecha más regional y autonómica tienen un discurso fuerte contra estos presidentes. Hay una defensa de la inversión extranjera, del modelo neoliberal; pero es una oposición que no logra cuajar a nivel nacional. Aparte, son procesos de cambios acelerados, con la llegada de nuevas élites, clases gobernantes; un debilitamiento de los sectores tradicionales, de su influencia política; una agenda postneoliberal que trae al Estado al primer plano, en un caso más nacionalista y en el otro como heterodoxa, más pragmática; una oposición regionalizada de ciertos sectores ligados a la derecha, a la empresa privada… Y después hay una serie de peculiaridades, en Ecuador no hay una relación fluida con los movimientos sociales, es más bien un gobierno de clases medias radicalizadas, pero que de todos modos tiene en común estos mecanismos de procesar el cambio, como la dinámica de las asambleas constituyentes… Y Correa y Evo Morales toman decisiones riesgosas, valientes, sin los debidos niveles de deliberación pública.

—Al final, ¿nota más diferencias o más similitudes entre Correa y Evo?

—Sus orígenes marcan una diferencia. Correa es de la clase media baja y su padre fue un emigrante que terminó preso en Estados Unidos al ser atrapado con droga. Correa se formó en un colegio tradicional católico y gran parte de su mística política viene más de la teología de la liberación de su formación cristiana que de una formación política militante en algún sector de la izquierda. Correa mismo se reconoce como un economista, un humanista de izquierda cristiana. Es una figura que no viene de la militancia tradicional y que tiene gran capacidad de comunicación. Es guayaquileño, pero su mayor respaldo está en la sierra, por eso decía que no hay una polarización en Ecuador, porque Correa es figura nacional.

En el caso boliviano está el factor étnico, la confrontación regional entre occidente y oriente que marca un poco los límites de Evo Morales. Me parece que Evo, siendo o apareciendo como mucho más ideologizado de lo que es, también es un político muy pragmático, que ha resuelto muchas cosas sin estar directamente pegado a sus valores y a sus ideas, sino para apaciguar los conflictos, como el último Código Electoral. En cambio, Correa es mucho más apasionado, no da el brazo a torcer, es como si no fuera muy pegado a su ideología, sino a sus valores; es alguien a quien le gusta ganar. Entonces, si a ratos es mucho más pragmático en términos económicos, no lo es en términos políticos, y diría que ésa es una diferencia. Mientras que Morales viene del sindicalismo, y allí uno aprende y sabe negociar; Correa no, él confronta políticamente, y en términos económicos es más pragmático.

Según he sabido por buenas fuentes, han habido incluso tensiones entre Correa y Morales por el tema de la Comunidad Andina de Naciones, por el no ingreso del Ecuador a la Alternativa Bolivariana para América Latina y el Caribe (ALBAI). La relación no fluye fácilmente, aunque en los últimos meses con el cambio del Canciller en Ecuador hubo un acercamiento, una delegación ecuatoriana vino acá, y se empieza a ver que efectivamente se requiere una mayor cercanía política; pero son dos grandes líderes que creo que marcan un antes y un después en ambos países, aunque los contextos en los que se desenvuelven los diferencian.

DE PERFIL

Nació en Bolivia, pero reside en la capital ecuatoriana, Quito. Actualmente es profesor del programa de Estudios Políticos de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). Es sociólogo y obtuvo una maestría en Ciencias Políticas en España y otra en Relaciones Internacionales en Brasil. Está a punto de terminar su doctorado en Sociología Política en Francia y España.

Fuente : http://www.laprensa.com.bo/domingo/05-07-09/05_07_09_edicion2.php

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